Impresión.

Y súbitamente, justo en el centro de la rutina, algo sucede, que el ojo capta, el oído atiende, la lengua rapta, el olfato recala y el tacto graba.


Como la tinta que impregna el dibujo de un grabado, rodado sobre el papel donde la imprime, y que los rayos ultravioletas secan.

Una impresión, un momento, un instante, de entre la vida vivida en este formato de tiempo presente que rueda y rueda, sin parar, constante, y que, en su sorpresa y por su impacto, florece de entre el movimiento, lo detiene y se destaca. La mente lo recoge bajo su capa, y lo lleva al laboratorio donde codificar la experiencia en un circuito neuronal vuelto cofre de un tesoro, enterrado literalmente en el interior, bajo la piel.

Envuelto de una nueva sensación que algo hará cambiar.


Así es como, una vez el instante se torna en tiempo pasado, se hace recuerdo y es guardado en una sección emocional de esa basta biblioteca biológica que alberga nuestro templo, nuestro cuerpo.

Piedras angulares, puntos de inflexión.

El momento que vale y explica una vida entera, proyectado en imágenes sobre la pantalla de la mente mediante las radiaciones que las transportan desde una rendija abierta en el centro del corazón. Ahora son momentos que jamás volveremos a vivir, a tocar.


Son los vídeos y las fotos que capturamos desde una Nikon o un smartphone y subimos a una cuenta privada de instagram que solo a veces nos atrevemos a compartir con ciertos usuarios.


Fotos editadas en el engaño, filtradas por el tinte de la emoción y que, cuando la reflexión los restaura por defecto, se redescubren en su valor real.



Recorrer, viajar, capturar.
Que cuando todo esté por terminar, tu álbum de fotos sea algo precioso que mostrar.


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