Inmersión. Abducción.




Inyección.


Los auriculares intrauditivos inyectan una canción nueva, viajando por el riego sanguíneo del cuerpo mediante esas ondas que traen algo por descubrir, forasteras. Su sonido conecta con una parte de dentro, acaso será que esa sangre que las transporta ha alcanzado la bomba que la renueva. Y anonada.

Abducidos, absortos.

La atención plena sumerge los sentidos en una sensación de vértigo como quien miran hacia abajo, previo al salto de fe, desde lo alto de una cascada. La tensión por el cumulo de las prisas y las preocupaciones desatendidas diluyen su solidez para difuminarla de entre las emergentes sensaciones y todo se funde en una sola cosa, liviana, y nos dejamos llevar. La frecuencia de los pensamientos se dibuja igual a las notas flotantes de esa canción fisionada dentro de las capas de carne, piel y huesos. Ahora bucean en el azul que abarca en un gran abrazo las profundas fosas marinas, ahí donde descansan aquellos barcos naufragados por el peso de sus tesoros, es la noche intramarina que adormece y hace girar la llave que abre las puertas de la inspiración y firma permisos para acceder a los secretos que desconocemos sobre nosotros mismos.


Los pensamientos son suaves y ligeros, y la densidad de las moléculas de agua hace ingravitatorios sus cuerpos que fluyen sumergidos bajo la misma. Inmersión, exploración.

Y te das cuenta de algo: de que te equivocaste, de que lo volverías a hacer, de que de haber pasado eso que tanto deseabas hubiera sido lo peor, de que lo hiciste lo mejor que pudiste y supiste, a tu manera.



Momentos.
En tu piel y la del otro.

Inmersión. Comprensión.
Redención.

La regeneración de los recuerdos.

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